El posible regreso de El Niño ocurre en un contexto de océanos inusualmente cálidos y de un sistema climático que ha acumulado energía debido al aumento sostenido de gases de efecto invernadero. Copernicus, un servicio europeo de datos climáticos, informó que en marzo de 2026 la temperatura media de la superficie oceánica del Pacífico entre 60°S y 60°N fue de 20.97 °C, el segundo valor más alto registrado para un marzo, y señaló que ese comportamiento térmico apunta a una probable transición hacia condiciones de El Niño.
El término El Niño es parte de un fenómeno más amplio denominado El Niño–Oscilación del Sur, o ENSO. Se trata del principal modo de variabilidad climática interanual del planeta, es decir, uno de los mecanismos naturales más importantes por los cuales el océano y la atmósfera intercambian energía y reorganizan el clima global de un año a otro. Por lo tanto, este fenómeno tiene tres fases: la fase cálida de ese sistema es El Niño, la fase fría es La Niña y, entre ambas, existe una fase neutral o de transición, o sea, cuando ni una ni otra domina claramente. Todo esto ocurre en el océano Pacífico en la franja comprendida entre 10° S y 10° N.
A pesar de que es pronto para un pronóstico, el consenso entre los modelos climáticos —incluidos los de la NOAA— indica con alta probabilidad el inicio y la posterior intensificación del ENSO a partir del otoño de 2026, con algunos modelos sugiriendo que podría tratarse de un evento inusualmente intenso. De ocurrir esto, se anticipa un aumento en las temperaturas globales y, en consecuencia, más olas de calor, junto con una marcada redistribución de las precipitaciones. El fortalecimiento de El Niño tendería a intensificar la corriente en chorro subtropical, favoreciendo condiciones más húmedas y mayor actividad de tormentas en el sur de los Estados Unidos y el norte de México, mientras que el norte de los Estados Unidos y Canadá pueden experimentar un patrón relativamente más cálido y seco, con impactos sobre la cobertura de nieve y la disponibilidad de agua. En paralelo, el aumento de la cizalladura del viento sobre el Atlántico contribuiría a suprimir la actividad ciclónica, reduciendo la frecuencia e intensidad de los huracanes en el Atlántico Norte, al tiempo que propiciaría la ocurrencia de eventos extremos que van desde lluvias intensas hasta episodios de sequía —acentuando aún más la variabilidad climática regional en América del Norte.
El regreso de El Niño no es sinónimo de cambio climático
Es un fenómeno natural del sistema océano-atmósfera. Pero cuando coincide con un planeta más caliente por causa humana, sus efectos pueden amplificarse. La Organización Meteorológica Mundial advirtió que, al evaluar el último período de El Niño (2023-2024) en América Latina y el Caribe, la combinación de El Niño y el cambio climático golpeó a la región con mayor fuerza, agravando sequías, olas de calor, incendios, lluvias extremas y otros impactos de gran coste humano y económico. La lectura correcta, entonces, no es que El Niño “explique” el calentamiento global, sino que actúa como un amplificador temporal de los fenómenos climáticos.
A pesar de que es temprano para un pronóstico, el consenso de los modelos climáticos incluidos los de NOAA indica con alta probabilidad el inicio y posterior intensificación de El ENSO en su fase cálida a partir del otoño 2026, señalando incluso que podría tratarse de un evento de intensidad inusual; en este contexto, se anticipa un aumento de las temperaturas a escala global y por consiguiente las olas de calor, junto con una marcada redistribución de las precipitaciones, donde el fortalecimiento de El Niño tendería a intensificar el corriente del chorro subtropical, favoreciendo condiciones más húmedas y mayor actividad de tormentas en el sur de Estados Unidos y el norte de México, mientras que el norte de Estados Unidos y Canadá experimentarían un patrón relativamente más cálido y seco, teniendo un efecto sobre la cobertura de nieve y la disponibilidad de agua; de forma paralela, el incremento de los vientos cortantes sobre el Atlántico contribuiría a suprimir la actividad ciclónica, reduciendo la frecuencia e intensidad de huracanes en el Atlántico norte, alimentando la ocurrencia de eventos extremos desde lluvias intensas hasta episodios de sequía, acentuando la variabilidad climática regional en Norteamérica.
El Niño no solo afecta la región del Pacífico
Aunque la formación del fenómeno de El Niño se origina en el océano Pacífico ecuatorial, sus efectos se extienden a otras regiones del planeta mediante procesos conocidos como teleconexiones climáticas, es decir, conexiones atmosféricas que permiten que grandes formaciones nubosas se formen debido a la enorme evaporación que se genera por el calentamiento de las aguas. El Niño altera este sistema llamado Célula o Circulación de Walker de circulación atmosférica tropical que transporta calor, humedad y energía a gran escala. Estas alteraciones generan perturbaciones que se propagan por la atmósfera en forma de ondas planetarias, modificando los patrones globales de presión y viento. Como resultado, la influencia de El Niño alcanza el océano Atlántico y el Caribe, donde se producen cambios importantes en el clima regional.
Entre estos efectos se encuentra el aumento de los vientos cortantes, lo que dificulta la formación de huracanes; además, se favorecen condiciones más secas en ciertos períodos debido al descenso de aire, y se redistribuye el calor, contribuyendo a temperaturas más elevadas y a olas de calor más intensas. En síntesis, aunque El Niño ocurre lejos del Caribe, su impacto se percibe claramente porque el sistema climático de la Tierra está interconectado y las alteraciones en la atmósfera pueden transmitirse a grandes distancias.
En ese sentido, puede actuar como un “amortiguador” de la actividad ciclónica. Sin embargo, la formación de huracanes en el Atlántico depende de múltiples factores, incluidas las condiciones locales del propio océano Atlántico, como su temperatura, la humedad atmosférica, el anticiclón de las Azores, etc. Por ello, una reducción estadística de la actividad no equivale a seguridad.

Los efectos de El Niño se extienden a todo el Caribe. En términos generales, se observa que las precipitaciones tienden a ser mayores durante años de La Niña o neutral que durante años de El Niño. Esto no implica la desaparición de eventos de lluvias intensas ni una respuesta uniforme en toda la región; sin embargo, sí sugiere una mayor probabilidad de déficits de precipitación, estrés hídrico y, en algunos casos, el desarrollo de condiciones de sequía. Lo cual podría agudizar la sequía que ya afecta los estados del sur y oeste de los Estados Unidos (Texas, California, Oklahoma, etc.), según los informes del Monitor de Sequía.
El Niño aún no está presente
Según la discusión diagnóstica más reciente del Climate Prediction Center de la NOAA, las condiciones actuales son El Niño-Oscilación del Sur-neutral, también conocido por sus siglas ENSO un patrón climático recurrente que implica cambios en la temperatura de las aguas del Pacífico tropical central y oriental. Sin embargo, esa misma evaluación indica que la fase neutral es probable para los meses de mayo, abril, junio y julio de 2026, pudiendo extenderse hasta septiembre, donde iniciaría la fase cálida de El Niño-Oscilación del Sur. Todos los centros de pronóstico subrayan que todavía existe incertidumbre sobre su intensidad final.
La aparición de El Niño no ocurre con la puntualidad de un calendario
Tanto NOAA como otros organismos científicos coinciden en que aparece de forma irregular, generalmente cada dos a siete años. Aunque el promedio suele colocarse cerca de cada tres a cuatro años. Sus episodios suelen durar entre nueve y dieciocho meses, y en algunos casos algo más, debido al efecto del calentamiento global. Entre los mecanismos que contribuyen a su aparición están la interacción compleja entre la temperatura superficial del mar, los vientos alisios, la circulación atmosférica y la dinámica oceánica subsuperficial.


