by Luis Alexis Rodríguez-Cruz, Yale Climate Connections
August 7, 2026
Manos puertorriqueñas están cultivando, preservando y compartiendo una variedad de maíz desarrollada en Puerto Rico y el Caribe hace miles de años. La producción de ese grano es tan importante para las tortillas, arepas, guanimos, fungee y otras confecciones latinoamericanas y caribeñas, pero el archipiélago se está viendo afectado por los efectos del cambio climático, incluyendo sequías prolongadas, disminución de la disponibilidad de agua y otros eventos extremos que ponen en riesgo esta cosecha tan importante.
Uno de los objetivos del Laboratorio de Etnoecología y Paleoambientes Humanos, dirigido por el arqueólogo e investigador paleoetnobotánico Jaime Pagán Jiménez, es entender mejor las variedades ancestrales que puedan aportar a la soberanía y seguridad alimentarias en el contexto del cambio climático debido a su resiliencia.
Vi las semillas de ese maíz, conocido como maíz caribeño precoz, en febrero del 2026 cuando visité el laboratorio ubicado en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. Llegué al laboratorio en la tarde tranquila de un viernes. Pagán Jiménez me recibió sonriente y me enseñó las instalaciones, señalándome las áreas donde se instalarían los nuevos equipos para llevar a cabo pruebas químicas y análisis sofisticados. En el centro había dos mesas. Una de ellas tenía placas Petri con algunas semillas, junto con material informativo sobre el maíz en cuestión. La meta no es solo salvaguardar esa semilla ancestral, sino lograr tenerla disponible para la agricultura puertorriqueña.
Dos meses luego de esa visita, semillas sembradas en el Huerto Demostrativo Urbano del Servicio de Extensión Agrícola con el apoyo de Luis Sierra, en el Jardín Botánico de la Universidad de Puerto Rico, medían entre cinco y seis pies de altura. El verde oscuro de las plantas de maíz contrasta con el azul cobalto y verde claro brillantes de los dos bancos en donde están sembradas. Hoy, las semillas de ese maíz que fue reemplazado hace más de cien años por otras variedades, están siendo cosechadas.
El maíz es uno de los principales cultivos del planeta. Fue domesticado originalmente en el suroeste de México hace aproximadamente diez mil años. “Una vez ese maíz se domesticó [en la región], comenzó a bajar bien rápido por toda Centroamérica y se distribuyó por distintas partes de Sudamérica y, en esa primera expansión, unos pocos de ellos llegaron a Trinidad y Tobago hace 7,800 años. Si ese proceso inicial de dispersión no hubiera ocurrido y si las islas del Caribe no hubieran participado en ese evento de carácter hemisférico, ¿quién sabe cómo sería el maíz hoy día?”, comentó Pagán Jiménez, mientras preparaba un café para ambos. “Nosotros como pueblos caribeños fuimos parte de ese proceso [de domesticación] por donde el maíz y los chiles, los frijoles, las yautías, las batatas. Todas esas plantas son lo que son hoy porque nuestras culturas ancestrales también las recibieron, las acoplaron a nuestras islas y les dieron características caribeñas a esas plantas”, dijo.
“Se sabe [que estos maíces] son de origen precolombino, por lo tanto, llevan cientos o quizás miles de años adaptándose a las condiciones climáticas y ambientales variables de las islas del Caribe; este maíz es mejor que cualquier otro maíz híbrido que haya sido desarrollado en el siglo veinte. O sea, yo no quiero desechar todo este conocimiento de fitomejoramiento, de lo que se hace para crear variedades más resistentes a distintas cosas. Pero no es lo mismo, por ejemplo, tú crear eso en un lapso de 20 años que tener una variedad de maíz que ya lleva miles de años en las islas del Caribe adaptándose a todas esas condiciones por sí misma”, dijo Pagán Jiménez, a la vez que subrayaba la importancia de hacer estudios agronómicos con estas semillas, en cuanto a rendimiento, resistencia a plagas y otras condiciones.
Para llevar a cabo dichos estudios, es importante contar con una cantidad sustancial de semillas y sostener la producción de ese maíz y otras plantas de origen precolombino. Por eso la colaboración mencionada, incluyendo otras con el sector agrícola. El trabajo de Pagán Jiménez y su laboratorio busca contribuir a que estas semillas de maíz y otras variedades consideradas ancestrales, o que se han adaptado al clima de Puerto Rico, estén más disponibles. Ahí es donde entra en juego el programa Herbario Viviente de Etnobotánica Caribeña del laboratorio.
“El objetivo es traer estas plantas a un mismo espacio para que la gente pueda apreciarlas. Porque una cosa es leer sobre ellas, ver dibujos en algún libro, pero otra cosa es verlas en vivo”, comentó Pagán Jiménez. Dentro del proyecto del herbario, me comentó Pagán Jiménez, surge el programa del Semillero social para el futuro de la UPRRP. Este pretende ser epicentro de conservación, custodia y producción de estos cultivos ancestrales, a la vez que se contribuye a la necesaria producción de semillas locales. “No tenemos que convertir estas plantas en nuestros alimentos básicos. Es simplemente que necesitamos mantenerlas porque siguen siendo alimentos importantes, son buenas fuentes de carbohidratos y proteínas en algunos casos y no está de más que estén disponibles en nuestro sistema agrícola”, recalcó.
El plano del herbario que vi estaba organizado como un pequeño museo viviente, en donde estudiantes y el público conocerían de las plantas, de su historia en el sistema alimentario puertorriqueño. “Yo creo que mucha gente va a decir: ‘Yo no conocía que la historia de mi región era tan rica y tan diversa’. Porque siempre nos manejaron esta idea de que las sociedades de indígenas del Caribe eran sociedades simples, que eran cultivadores de yuca y más nada. Se nos mencionan otras plantas en los libros de historia, pero como algo marginal. Lo que caracterizó el Caribe precolonial fue el policultivo desde el inicio, desde 7,500 años atrás”, enfatizó.
Investigaciones que él ha llevado a cabo y otras personas investigadoras de Puerto Rico, incluyendo al arqueólogo Reniel Rodríguez Ramos, de la UPR en Utuado, han demostrado que las sociedades nativas del Caribe eran complejas, que tenían dietas diversificadas y que contribuyeron significativamente a la domesticación de diversas plantas. Esto lo han estudiado a través de análisis científicos de rastros de almidones en la dentadura de osamentas y cerámicas precolombinas de cocina, como burenes y ollas. Entonces, ¿cómo se vería un plato en aquellos tiempos en Puerto Rico? “Yo pienso en un sancocho, en un guiso con viandas como algunas variedades de yautía, con habichuelas e incluso trozos de güimo o pescado, condimentado con ajices, o sea, las hojas y los frutos de ajices”, dijo. Los resultados de estos estudios sobre los Taínos, y otras culturas indígenas del Caribe a través del tiempo, han expandido considerablemente el entendimiento sobre sus dietas, retando la idea de que eran sociedades simples.
El herbario y su semillero suman a los esfuerzos que Pagán Jiménez y otras personas lideran para hacer público ese conocimiento. Por ejemplo, el pasado febrero, participó en una actividad de siembra con diversos agricultores de la Organización Boricuá de Agricultura Ecológica en la Finca El Guaraguao en Orocovis, en el centro de la isla, un ejemplo de un interés general en continuar conservando esas semillas. “En principio, estamos conscientes de que no podemos extrapolar los sistemas agroalimentarios del pasado precolombino al presente, porque estamos hablando de condiciones históricas y tecnológicas completamente diferentes. Pero tener un conocimiento más profundo y más detallado de la historia de los sistemas agroalimentarios del Caribe puede crear conciencia en el presente”, dijo Pagán Jiménez. “Cuando uno conoce con mayor detalle ese tipo de historias, vamos a tener más opciones en el presente para mirar y buscar soluciones, de qué hacer y de cómo hacer las cosas”.
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