by Yessenia Funes, Yale Climate Connections
June 30, 2026
Era un hermoso día de primavera cuando me acerqué a la Academia para la Ciudadanía Global, una escuela charter de kínder a octavo grado ubicada a dos millas al norte del Aeropuerto Midway de Chicago. Lo primero que noté fueron los terrenos abandonados. Las cuadras que rodeaban la escuela estaban llenas de maleza exuberante y desbordante. Hace quince años, la ciudad demolió cientos de viviendas de interés social aquí, desarraigando a familias y sembrando el deterioro visible hoy en día.
Berenice Salas pasó su adolescencia caminando frente al complejo de vivienda pública, conocido localmente como “the courts”.
“Era vivienda pública, pero había un laboratorio de computación, canchas de básquetbol”, dijo Salas, quien ahora es codirectora de la Academia para la Ciudadanía Global. “Era próspero en muchos sentidos, con muchos recursos.”
Ella y sus colegas educadores quieren reavivar la chispa del vecindario. Están comenzando con la tierra: instalando una granja, jardines de lluvia, plantas nativas y árboles, salones de clase al aire libre, paneles solares y energía geotérmica en la escuela.
La academia forma parte de una iniciativa más amplia en tres ciudades de EE. UU. para acercar a las comunidades latinas a la naturaleza. GreenLatinos, una organización ambiental nacional, financió el esfuerzo de $2.6 millones de dólares en Chicago, Los Ángeles y Albuquerque con el apoyo del Fondo Bezos para la Tierra.
Los líderes de la escuela esperan producir 10,000 libras de alimentos en su primer año completo de producción, los cuales se utilizarán para alimentar a los estudiantes y vender a la comunidad a un precio reducido. Durante mi visita, vi a un grupo de niños de primaria llevando bandejas de fresas al personal de cocina.
El esfuerzo también está mejorando el Canal Origins Park de Chicago, un parque de casi tres acres ubicado a unas seis millas al noreste de la academia, además de construir una granja urbana y ampliar el acceso recreativo al río Calumet, todo en áreas donde los latinos pueden disfrutar de los cambios.
Esto es importante porque casi el 70% de los latinos vive en zonas con escaso acceso a la naturaleza. Las investigaciones han encontrado numerosos beneficios asociados al contacto con la naturaleza: mejor salud mental, mayor actividad física, presión arterial más baja y un mayor sentido de comunidad. Y a medida que el clima se vuelve más impredecible debido al cambio climático causado por la contaminación de los combustibles fósiles, los árboles y otras plantas también pueden ayudar a los vecindarios a mantener las temperaturas bajas y a contener las inundaciones. A nivel mundial, los árboles reducen el calor urbano, según un reciente estudio publicado en Nature Communications.

“Estos proyectos no son solo de embellecimiento”, dijo Lucy Contreras, directora estatal de GreenLatinos en Illinois. “También buscan atender la falta histórica de inversión, las cargas de contaminación y el acceso inequitativo a los espacios verdes en las comunidades latinas y de primera línea”.
Al igual que gran parte del South Side de Chicago, el campus de seis acres de la Academia para la Ciudadanía Global está rodeado de fuentes de contaminación: una autopista, vías de tren y el aeropuerto. Las tasas locales de asma se encuentran entre las más altas según los percentiles registrados.
La naturaleza como medicina
A nivel nacional, los vecindarios más ricos y predominantemente blancos tienen un acceso desproporcionadamente mayor a la naturaleza. Chicago no es la excepción: los vecindarios latinos tienen un 33% menos de espacio en parques que el promedio. Un estudio de 2023 encontró una correlación entre menor cobertura vegetal y menor esperanza de vida en comunidades negras y latinas de Los Ángeles.
“El verdecimiento urbano no se trata solo de plantar árboles”, dijo Contreras. “También es un problema de salud pública.”
El calor es un tema especialmente sensible en una ciudad como Chicago, explicó Juan Declet-Barreto, científico social senior en vulnerabilidad climática de la Unión de Científicos Preocupados. En 1995, la ciudad vivió una ola de calor de cinco días que dejó más de 700 personas muertas. Desde entonces, la ciudad ha ampliado su sistema de notificación de emergencias, establecido centros de enfriamiento e identificado a sus residentes más vulnerables.
“Esa ola de calor ocurrió hace un par de décadas, pero aún ofrece lecciones sobre la importancia de priorizar a los miembros más vulnerables de la sociedad”, dijo Declet-Barreto.
Ofreció un escenario para ilustrar cómo las familias inmigrantes están en riesgo. Un trabajador de oficina puede atravesar una ola de calor en su automóvil y oficina con aire acondicionado. Su empleador le ofrece seguro médico, por lo que visita al médico con regularidad y está al tanto de cualquier condición de salud. Un inmigrante recién llegado, en cambio, puede ir al trabajo en la parte trasera de una camioneta o en bicicleta. En su trabajo, generalmente en una obra de construcción o un sitio de jardinería, está expuesto al sol. Es posible que su jefe no le ofrezca seguro médico ni protecciones laborales. Al final del día regresa a un apartamento donde no puede permitirse poner el aire acondicionado, si es que tiene uno.
“Son dos perfiles de personas muy distintos, con exposiciones al calor muy diferentes a lo largo de su vida cotidiana, pero que están bajo el mismo sol, la misma carga de calor y el mismo calentamiento global”, dijo Declet-Barreto.
Los espacios verdes mantienen los vecindarios más frescos
Una mayor cobertura de árboles y vegetación puede ayudar a compensar algunos de estos impactos, haciendo que los vecindarios se sientan hasta 14 grados Fahrenheit más frescos.
Ahí entra en escena el Canal Origins Park, donde el día que lo visité, un castor había casi terminado de roer uno de los tres robles. Desde arriba, una cacofonía de cantos de aves me envolvió: cardenales norteños, mirlos de alas rojas, trepadores pardos y reinitas coronadas amarillas.
Al igual que la Academia para la Ciudadanía Global, el parque está rodeado de industria, incluyendo un centro de datos de 30 acres, una planta procesadora de pollo y una planta de carbón ya clausurada. Líderes comunitarios de los vecindarios de Little Village y Pilsen cerraron la planta de carbón hace 14 años. Ahora se enfocan en el parque, con el objetivo de revitalizarlo.
“Crecí en Pilsen y no me dejaban salir a jugar porque, antes de la gentrificación, era muy peligroso”, dijo Rebecca Ramírez, integrante del grupo de justicia ambiental Pilsen Environmental Rights and Reform Organization, o PERRO. “Mi mamá simplemente me encerraba con mi hermano.”
“A mí también”, agregó Zitlalli Páez, presidenta de PERRO. “Había mucha violencia de pandillas y mi mamá literalmente no me dejaba salir.”
La organización quiere romper ese ciclo para la próxima generación. Los estudiantes de octavo grado de la academia limpiaron basura en el parque en febrero. Y PERRO está priorizando la retroalimentación de la comunidad. A lo largo de cinco eventos, incluyendo uno con bailarines de folclórico mexicano, la organización ha contado con la participación de aproximadamente 190 residentes locales para ayudarles a comprender el valor que el parque puede aportar a sus vidas. Para agosto, el equipo tendrá algo concreto que mostrar: un pabellón para picnic de 24 pies cuadrados con un costo de $190,000, con dos mesas, una de ellas con espacio para una silla de ruedas.
Cuando nos preparábamos para salir del Canal Origins, vi un grupo de remeros lanzándose al agua. Pensé en Salas, la codirectora de la academia. Cuando estaba en la preparatoria, formó parte del primer club femenino de remo de su escuela.
“Teníamos un bote desvencijado y heredado, pero lo hicimos funcionar”, recordó. “Teníamos shorts de ciclismo —negros— y una camiseta blanca. Eso era todo.”
Su equipo practicaba en el Canal Origins Park, donde salían desde un pequeño muelle. Durante los entrenamientos, los remos sacaban condones usados o tampones del agua. Sin embargo, a medida que avanzaban por el río Chicago, los malos olores desaparecían. El agua se volvía más limpia.
Eso es también lo que quieren los residentes latinos del South Side de Chicago: aguas lo suficientemente limpias para nadar y parques lo suficientemente verdes para refrescarse.
Los beneficios del acceso a la naturaleza en las escuelas
De vuelta en la Academia para la Ciudadanía Global, Salas explicó que su propio padre solía ser agricultor orgánico de frijoles en México. Perdió esa forma de vida cuando emigró a Estados Unidos.
“Lo veo en otros padres que también se sienten muy conectados con nuestra granja”, dijo. “La gente extraña esa conexión”.

Salas recordó cuando la mamá de un estudiante quería cortar una calabaza que se había secado en el tallo. Quería convertir la calabaza seca en una esponja natural.
“Eso es parte de nuestras raíces”, dijo Salas. “Muchos de esos pueblitos y towns en México son muy ingeniosos porque tienen que serlo. Sostienen su propia comunidad con lo que cultivan. No tienen acceso a un Walmart.”
La estudiante de tercer grado Kara Solís-Cortés participa en el Equipo Verde de la academia. La niña de 9 años me cuenta emocionada sobre la reciente venta de plantitas del grupo y la cosecha de miel de las colmenas del campus.
“¡En realidad no tengo que pasar mucho tiempo en la escuela, así que, yupi!”, bromeó.
Tiene razón: muchos estudiantes pasan mucho tiempo afuera.
Es un enfoque con resultados concretos: los estudiantes piden con frecuencia salir a caminar para calmarse, explicó Salas. La escuela está diseñada de modo que, sin importar dónde se encuentren los estudiantes (excepto en el baño), puedan ver hacia afuera por una ventana.
Este tipo de educación tiene un costo

Los líderes de la academia quieren que otras escuelas repliquen lo que han construido, pero es más fácil decirlo que hacerlo. Las instalaciones costaron $53 millones de dólares construirlas, lo que fue posible gracias a filantropía privada, fondos estatales y créditos fiscales federales. Su enfoque cuesta $22,100 dólares por estudiante al año, comparable al de otras escuelas charter de Chicago.
Pero en muchos sentidos, el valor de este enfoque educativo no tiene precio.
La estudiante de octavo grado Camila Ontiveros, con lentes redondos y brackets, me dijo que puede concentrarse mejor cuando la clase es al aire libre. Emily Gaytán, otra estudiante de octavo grado con claros ojos color avellana, asiente en silencio en señal de acuerdo.

Cuando conocí al estudiante de octavo grado Joaquín Cervantes, era el día de las fotos escolares, así que llevaba puesto un elegante traje negro. Se le ilumina el rostro cuando habla de enseñarle a su padre a cultivar chiles en el patio de su casa.
“En realidad no sabía cómo”, dijo Cervantes sobre su padre, “pero al venir a esta escuela, aprendí mucho sobre jardinería y suelo. Me beneficia en la vida porque ahora puedo cultivar flores y verduras”.
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